El Correo.- Artículo de Igor Gorostiaga, Socio de NORGESTION
Vivimos obsesionados con el resultado inmediato. Queremos llegar a la conclusión cuanto antes, sin preguntarnos por qué vía la hemos alcanzado, convencidos de que ese resultado nos abrirá automáticamente la puerta a algo mejor.
Hace unas semanas leí que OpenAI había anunciado una solución a uno de los problemas del milenio planteados por el Instituto Clay de Matemáticas: las ecuaciones de Navier-Stokes, un problema sin resolver desde hacía casi noventa años. Lo logró poniendo a trabajar infinidad de agentes de IA en paralelo, con un gasto de computación (esto es, de energía) que, según la propia compañía, superó el millón de dólares del premio. El resultado se plasmó en un documento extenso que los matemáticos todavía están analizando y requerirá contraste y revisión antes de dar algo por probado.
Más que el resultado, lo que me dio que pensar fue el comentario de un matemático. Este no dudaba de que la solución fuera correcta. Pero insistía en que lo importante, para la comunidad matemática, es el proceso: ese trabajo arduo de identificar caminos de investigación, descartar unos, aparcar otros con la idea de retomarlos más adelante, y así ir generando conocimiento por el camino. Lo que siempre resumimos con el verso de Machado: se hace camino al andar.
Esa reflexión aplica directamente a la empresa. ¿Buscamos resultados inmediatos a cualquier precio, o construimos oficio? Nuestros negocios dependen en gran medida del conocimiento acumulado: el que se genera en la trayectoria, trabajando codo a codo con los clientes, resolviendo sus problemas concretos. Ese recorrido, con aciertos y con fracasos de los que hemos aprendido, es lo que hace a una empresa más sólida, más competitiva y más sostenible. No es un adorno: es el activo real.
Por supuesto que hay que perseguir objetivos. Hace falta una meta. Pero si no entendemos cómo hemos llegado a un resultado, si no guardamos ese bagaje, el problema se repite sin que lo resolvamos de fondo: conseguido un objetivo, aparece otro, y luego otro, y en cada vuelta creemos haber generado una urgencia nueva que resolver en el corto plazo. Entramos en una espiral en la que ni nosotros ni nuestras empresas dominamos realmente el oficio, porque el punto de partida ha quedado demasiado lejos como para ver con claridad qué ha pasado por el camino.
Hace poco, en una reunión, alguien lo resumió con una frase que se me quedó grabada: “vamos a toda leche pero no sabemos a dónde”. Conseguimos resultados, sí, pero muchas veces sin tener claro el por qué ni el para qué.
Desde donde yo puedo influir, intento que esto ocurra lo menos posible. Hacer camino con sosiego, vivir el camino, gestionar el camino, el proceso, y dejar que ese proceso construya el conocimiento que de verdad sostiene una empresa en el tiempo.