DV.- Artículo de opinión de Iñigo Garmendia, abogado y socio de NORGESTION.
Nunca habíamos disfrutado de tanta prosperidad material, tantos avances ni tantas oportunidades. Disfrutamos de comodidades inimaginables para nuestros abuelos. Y, sin embargo, la insatisfacción parece extenderse por buena parte de las sociedades desarrolladas. Las protestas en distintas ciudades europeas reflejan parte de ese malestar. ¿Cómo es posible que nunca hayamos tenido tanto y, al mismo tiempo, tengamos la sensación de que nada es suficiente? El ser humano posee una extraordinaria capacidad de adaptación, también a lo bueno. Aquello que ayer nos parecía un privilegio hoy constituye una necesidad y mañana puede convertirse en motivo de frustración. El progreso eleva nuestro nivel de vida, pero también desplaza nuestras expectativas. La conquista de ayer se convierte en la exigencia de mañana.
Hace casi dos siglos, Alexis de Tocqueville observó una paradoja semejante. A medida que las sociedades avanzaban hacia una mayor igualdad, las diferencias que permanecían podían resultar más difíciles de aceptar. Las aspiraciones crecían al ritmo de las oportunidades. La distancia entre lo que tenemos y lo que creemos merecer puede pesar más en nuestra satisfacción que nuestra situación objetiva. La paradoja es también colectiva. Las sociedades desarrolladas han construido sistemas de protección y servicios públicos extraordinarios. Pero cada avance genera nuevas expectativas y cada derecho reconocido incorpora compromisos que deben financiarse. El desafío no consiste en cuestionar esas conquistas, sino en lograr que nuestra capacidad para sostenerlas crezca al ritmo de nuestras aspiraciones. Sería injusto confundir esta reflexión con una invitación al conformismo. La insatisfacción ha sido también uno de los grandes motores del progreso. Sin ella, muchos avances científicos y derechos sociales no existirían. Detrás de las movilizaciones europeas hay preocupaciones legítimas sobre el futuro, la desigualdad o las oportunidades de los jóvenes. Las dificultades para acceder a una vivienda o a una educación de calidad merecen respuestas, no reproches. Escuchar esas demandas es imprescindible, aunque no obligue a compartir todas las soluciones propuestas. La protesta razonada, acompañada de propuestas y respeto a los demás, puede convertirse en un poderoso instrumento de transformación social.
Existe, además, otra contradicción. Ortega y Gasset advertía en “La rebelión de las masas” del riesgo de considerar los beneficios de la civilización como algo espontáneo, olvidando las condiciones que los hacen posibles. La advertencia sigue vigente. La paradoja no está en que aspiremos a vivir mejor, sino en que cada vez nos resulte más difícil conciliar esas aspiraciones con el esfuerzo necesario para hacerlas realidad. Nuestro bienestar no es un fenómeno natural ni un patrimonio garantizado. Es fruto de generaciones de trabajo, conocimiento, inversión, iniciativa empresarial e instituciones sólidas. Por eso mismo convendría recuperar una cierta pedagogía del progreso. No para exigir gratitud ni justificar desigualdades, sino para recordar que la prosperidad requiere del esfuerzo individual y responsabilidad colectiva. Los servicios públicos descansan sobre una economía capaz de generar empleo y riqueza. No basta con aspirar a repartirla mejor si olvidamos la importancia de seguir creándola. Como tampoco bastaría con crearla sin procurar que sus beneficios alcancen al conjunto de la sociedad. La tensión se hace visible en el debate público. Las demandas de mejores servicios, prestaciones y oportunidades son legítimas, pero conviven con recursos limitados y prioridades que no siempre resultan compatibles. Las instituciones deben explicar sus decisiones, gestionar eficazmente los recursos públicos, evaluar resultados y hacer comprensibles sus costes. Y a todos nosotros nos corresponde reconocer que ningún proyecto compartido se sostiene únicamente reclamando esfuerzos ajenos: necesita contribuciones y compromisos recíprocos.
Pensemos en las próximas generaciones. Queremos dejar a nuestros hijos más oportunidades, mejores servicios y mayores garantías. Pero esa herencia no puede limitarse a un catálogo creciente de derechos y expectativas. También debe incluir las condiciones económicas, educativas e institucionales que permitan hacerlos realidad. De poco serviría prometerles un bienestar que no seamos capaces de sostener. Quizá la mayor paradoja de la abundancia sea que, después de generaciones esforzándonos por alcanzar mayores niveles de bienestar, hayamos terminado por considerarlos garantizados. El desafío no consiste solo en seguir progresando, sino en cuidar las condiciones que lo hacen posible. Porque la prosperidad, como la confianza, cuesta generaciones construirla, pero puede perderse mucho más deprisa.