2026, cuando el riesgo previsto se hizo presente

El Diario Vasco.- Artículo de opinión por Jose Antonio Barrena, Presidente de NORGESTION

Al comenzar este año decíamos en estas mismas páginas que 2026 no sería un año para la inercia, sino para decidir, y advertíamos de que el principal riesgo no era tanto económico como geopolítico. Seis meses después, aquella advertencia se ha confirmado con crudeza. El estallido del conflicto en Oriente Próximo a finales de febrero ha tensado los precios energéticos, ha reavivado la inflación y ha recordado a todos que la estabilidad, cuando se da por descontada, es más frágil de lo que parece. Llegamos al ecuador de 2026 comprobando que las economías más resilientes no son las que evitan los sobresaltos, sino las que saben absorberlos sin perder el rumbo.

A escala internacional, el crecimiento se ha revisado a la baja. El Fondo Monetario Internacional lo sitúa ahora en el entorno del 3,1%, algo por debajo de lo previsto a comienzos de año, penalizado por el encarecimiento de la energía y por una incertidumbre que se ha vuelto estructural. Estados Unidos mantiene una fortaleza relativa apoyada en su mercado interno y, sobre todo, en una inversión tecnológica ligada a la inteligencia artificial que actúa como auténtico contrapeso. China sostiene tasas cercanas al 4,5% en plena transición de su modelo. Europa, en cambio, apenas superará el 1%, lastrada por la debilidad industrial de sus principales economías, por la fragmentación de sus mercados de capitales y por una respuesta común que sigue llegando tarde.

En este contexto adverso, la economía española vuelve a mostrar una notable capacidad de resistencia. El PIB creció un 2,7% interanual en el primer trimestre y las previsiones lo sitúan en el entorno del 2,2%-2,4% para el conjunto del año, de nuevo por encima de la media europea. El motor sigue siendo la demanda interna —consumo e inversión—, mientras el sector exterior se resiente de un comercio global debilitado. El empleo mantiene un tono sólido, pero la productividad continúa siendo la gran asignatura pendiente. Y la inflación, moderada al inicio del año, ha repuntado hasta el entorno del 3% por el efecto energético, recordándonos que los equilibrios recuperados con esfuerzo pueden alterarse en pocas semanas.

En Euskadi, la economía crece con solidez, pero también con prudencia. El PIB avanzó un 2,2% interanual en el primer trimestre, sostenido por la construcción y los servicios, mientras la industria sigue sin recuperar tracción, afectada por la atonía de la demanda exterior, la política arancelaria estadounidense y ahora el encarecimiento energético. El empleo continúa creciendo, aunque la confianza de los hogares muestra signos de fatiga tras varios trimestres de incertidumbre. El Gobierno Vasco mantiene su previsión de crecimiento en torno al 1,9% y reafirma su apuesta por la industria, la transición energética y la innovación, con iniciativas como el Plan de Industria Euskadi 2030. Es la dirección correcta: nuestro tejido industrial exige visión a largo plazo, capacidad de innovación y una colaboración estrecha entre empresas, administraciones y agentes sociales, sin descuidar retos igualmente decisivos como el relevo generacional..

En el plano monetario, el Banco Central Europeo ha detenido la senda de bajadas de tipos que había iniciado, manteniendo los tipos de interés en el 2% ante los riesgos inflacionistas derivados del conflicto. Es una pausa prudente, pero también un recordatorio de que el dinero barato no volverá con facilidad. En este entorno, la canalización eficaz de los fondos europeos y la activación de la inversión privada a largo plazo resultan más decisivas que nunca.

El mercado de fusiones y adquisiciones ofrece, pese a todo, señales alentadoras. La actividad en el middle market mantiene un dinamismo relevante, con un mercado que tiende a concentrarse en operaciones de mayor tamaño y mayor selectividad. La abundante liquidez acumulada por los fondos, la búsqueda de capacidades tecnológicas y el creciente peso de la inteligencia artificial como catalizador de operaciones sostienen el interés inversor. La incertidumbre geopolítica y la exigencia en las valoraciones marcan el ritmo, pero los proyectos bien estructurados y con arraigo territorial siguen encontrando su camino.

Mirando con perspectiva, 2026 no está siendo un año fácil, pero tampoco uno perdido. La clave, una vez más, reside en la capacidad de adaptación, en la cooperación público-privada y en no perder de vista los grandes vectores de transformación: reindustrialización, digitalización, sostenibilidad y cohesión social. El mundo, ya lo decíamos, no espera a quienes dudan demasiado tiempo. Pero también premia a quienes, en medio de la tormenta, saben mantener el pulso y seguir decidiendo.

Que este verano nos sirva, como siempre, para recargar energías, reforzar alianzas y mirar con serenidad y confianza lo que está por venir.

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