Por qué Navarra es la comunidad más industrial de España y qué decisión le toca ahora a su tejido familiar: el relevo, contado por una socia desde Pamplona.
He acompañado a más de un fondo de inversión en su primera visita a una empresa navarra. El inversor llega a un pueblo de cuatro mil habitantes donde la fábrica es el edificio más grande en kilómetros. Y descubre pronto que generar confianza ahí tiene sus propios tiempos: el dueño escucha mucho, pregunta poco, cuenta con mucha cautela y se forma su opinión con calma. Semanas después, si la conversación ha cuajado, el mismo inversor me suele decir alguna versión de la misma frase: aquí, cuando te dicen que sí, es que sí. Y cuando te dicen que no, también.
Esa anécdota explica Navarra mejor que cualquier estadística, pero conviene completarla con lo que el visitante no ve desde el coche. Detrás de este ecosistema hay sesenta años de decisiones deliberadas. Y mi tesis, después de años sentándome a las dos orillas de la mesa, es que la siguiente ronda de decisiones será de otra naturaleza. Las anteriores fueron industriales; la que viene es de propiedad, porque la protagonizará el relevo de un tejido empresarial que es familiar en un 86%. Se está decidiendo ahora, empresa a empresa, comida familiar a comida familiar.
Hay que volver un momento a los años sesenta para entender el presente. Navarra era entonces una economía esencialmente agraria, y un constructor metido a vicepresidente de la Diputación Foral, Félix Huarte, impulsó en 1964 un Programa de Promoción Industrial que sembró el territorio de fábricas pequeñas. Una de esas semillas fue AUTHI, que en septiembre de 1966 sacó de Landaben su primer coche, un Morris 1100 verde. Aquella planta pasó por SEAT y, desde 1984, es Volkswagen Navarra; a comienzos de 2025 salió de sus líneas el coche diez millones. Alrededor creció toda una industria auxiliar que sigue siendo columna del empleo navarro.
También en esos mismos años 60, nació el embrión de la que hoy es una de las principales industrias farmacéuticas españolas, Laboratorios CINFA. Un grupo de farmacéuticos españoles liderados por el farmacéutico navarro Ezequiel Lorca, aprovechando el auge del cooperativismo, fundó INFARCO.
La segunda decisión que me gusta recordar es de 1994. Una empresa local, EHN, plantó seis aerogeneradores en la sierra de El Perdón, frente a Pamplona, cuando los molinos eran todavía una rareza, nosotros nos acostumbramos a verlos cada día: eran los mayores del mundo en su momento, y aquella apuesta pionera de la eólica comercial acabó siendo el germen de lo que hoy es Acciona Energía. De las industrias semilla de los años 60 a aquellos primeros molinos, cada fruto actual tiene detrás una apuesta concreta de hace décadas.
El resultado está hoy en los datos, y aunque la evolución de los últimos años no ha sido positiva en las principales magnitudes, la manufactura pesa el 24,4% del PIB navarro, la más alta de España y más del doble de la media nacional, según CaixaBank Research. El PIB per cápita, 39.076 euros, es el tercero del país según el INE. En inversión en I+D sobre PIB, el 2,34%, Navarra fue en 2024 la primera comunidad de España, también según el INE. Y las exportaciones equivalen al 38% del PIB, frente al 24 nacional; pocas economías de 683.854 habitantes venden fuera en esa proporción.
Dicho lo cual, el ecosistema industrial navarro ha perdido algunas piezas relevantes en los últimos años y contarlo es parte de describirlo bien. BSH, heredera de aquella Superser que el Gobierno foral compró en los ochenta y rebautizó como Safel, anunció a finales de 2024 el cierre de su planta de Esquíroz, 655 empleos, y la última producción salió en septiembre de 2025. También hemos asistido al cierre de Sunsundegui y Tenerías Omega en los últimos años, y la industria auxiliar de la automoción, observa y trata de adaptarse en la transición al coche eléctrico.
Sesenta años de industria también enseñan que ninguna fábrica es eterna tal y como se concibió, y que la adaptación y transformación son imperativas.
Si la industria fue la decisión de los abuelos, el relevo es la de los nietos. El 86% del tejido empresarial navarro es de carácter familiar y sostiene dos de cada tres empleos privados, según la asociación navarra de la empresa familiar. Es un tejido que resiste mejor que la media (la supervivencia de la familiar navarra ronda el 82%, frente al 77 de la española, según la Cátedra de Empresa Familiar de la UPNA), y los datos del relevo invitan a prepararlo con tiempo: en España, según el Instituto de la Empresa Familiar, una de cada tres empresas familiares pasa a la segunda generación, y en torno al 10% llega a la tercera. Y aquí, el 71% de las familiares no tiene consejo de familia y el 60% carece de protocolo familiar. Traducido al lenguaje de casa, no existe un sitio acordado donde la familia hable de la empresa, ni unas reglas escritas para cuando llegue el momento de decidir.
Leo esos datos como un reloj: cada generación tiene derecho a su propia vida, y por eso conviene que la decisión se prepare. Una parte significativa de los fundadores y segundas generaciones navarras se acerca a la edad de decidir, y las opciones son las de siempre: preparar el relevo de verdad, con tiempo y con esas reglas escritas; profesionalizar la gestión más allá de la familia; o dar entrada a un socio o a un comprador que continúe lo construido. Decidir a tiempo es lo que mantiene los tres caminos abiertos.
Lo que sí ha cambiado, y lo veo en mi trabajo cada año, es la naturalidad con la que el capital y las empresas navarras se encuentran. En 2025, el fondo GPF culminó su inversión en la transportista Vicarli con la venta a Ontime; en febrero de 2026, Talde y Sodena (la sociedad pública de desarrollo, con más de cuarenta participadas directas) tomaron la mayoría de Saprem. Y el movimiento va en las dos direcciones: Congelados de Navarra lleva cinco adquisiciones desde 2024 para ganar dimensión fuera. La generación de empresarios que hoy tiene entre 45 y 60 años se plantea operaciones que hace una década apenas se planteaban; la prudencia de entonces se ha convertido en preguntas concretas sobre cómo se hace y con quién.
A eso ayuda un rasgo foral que no siempre se cuenta fuera: Navarra tradicionalmente ha utilizado su autonomía fiscal para premiar la reinversión del beneficio y la inversión en I+D, con herramientas como la Reserva Especial para Inversiones y las deducciones en el Impuesto sobre Sociedades, y de ahí viene en parte ese parque industrial moderno y esas fábricas automatizadas que sorprenden al visitante. Empresas que reinvirtieron casi todo, durante décadas, deben buena parte de su valor actual a esa constancia.
Y a eso se suma la cultura, que es lo primero que mencionan los inversores cuando me preguntan por qué las operaciones navarras llegan a buen puerto: la palabra dada pesa y los compromisos se cumplen; la apertura exportadora, además, ha acostumbrado a estas empresas a medirse con el mundo. La confianza tarda en ganarse; una vez ganada, vale más que cualquier cláusula.
Hace muchos años le escuché a alguien una imagen que no he olvidado: Navarra es como una finca fértil con pocos propietarios. Casi setecientas mil personas, un tejido denso de industria, talento y compromiso, y una riqueza que lleva sesenta años cultivándose con decisiones tomadas a tiempo. Shakespeare hizo decir al rey de Navarra que este reino sería la maravilla del mundo; como navarra, no seré yo quien le quite la razón.
Pero las fincas fértiles también se heredan, y ese es el capítulo que ahora toca escribir. La reflexión que dejo a quien dirige una de esas empresas familiares es la misma que comparto en mi despacho: la decisión que la generación anterior tomó a tiempo fue industrial; la suya será de propiedad. Prepararla con ese mismo tiempo es la mejor manera de que la finca siga siendo fértil otra generación.
