La euforia de la IA y una lección del año 2000: dónde vive el valor

El BPI advierte de exuberancia en la inversión en inteligencia artificial. Desde el asesoramiento de operaciones, con la mirada de la inversión en valor, la pregunta que importa es qué valor sobrevive a una corrección del ciclo.

22/7/2026

Antes de dedicarme a asesorar compraventas de empresas, pasé unos años en el lado inversor de la mesa. Era el año 2000, y me tocó ver cómo Terra, la filial de internet que Telefónica acababa de sacar a bolsa, cotizaba a un precio que su negocio no llegaba ni de lejos a justificar. Internet iba a cambiarlo todo, y en cierto modo lo cambió. Pero durante unos meses el mercado pagó por la promesa lo que solo el negocio, muchos años después, podría sostener. Quienes veníamos de la escuela de la inversión en valor aprendimos entonces una lección que ya no se olvida. Un avance tecnológico puede ser completamente real y, a la vez, estar completamente sobrevalorado. La primera parte la vimos enseguida. La segunda, cuando la euforia se corrigió.

Traigo el recuerdo a cuento porque el pasado 28 de junio el Banco de Pagos Internacionales (BPI), el banco de los bancos centrales, publicó su Informe Económico Anual con un capítulo dedicado a los riesgos financieros de la inteligencia artificial. El BPI, que hoy dirige el español Pablo Hernández de Cos, ex gobernador del Banco de España, es de todo menos una casa dada a los titulares. Cuando una institución así habla de "exuberancia" y compara el momento con cuatro episodios de fiebre inversora del pasado, la manía de los canales, la del ferrocarril, la electrificación de los años veinte y las puntocom, conviene leerla despacio.

Las cifras dan la medida. Las cinco mayores tecnológicas que levantan la infraestructura de la inteligencia artificial gastarán más de un billón de dólares entre 2025 y 2026, por encima de lo que ganan, y ya emiten deuda para financiarlo. El BPI advierte de que una decepción en los retornos podría convertir ese auge de inversión en una caída prolongada. Y añade un dato revelador justo en el foco del interés actual: en una tarea concreta, la inteligencia artificial ahorra entre un 20% y un 50% del tiempo, pero su efecto sobre la productividad del conjunto de la economía se queda, por ahora, por debajo del 1%. La razón, según el propio informe, está menos en la capacidad de los modelos y más en la dificultad de integrarlos a escala en los procesos de una empresa.

Es fácil leer un informe así como una invitación a anticipar el mercado, a adivinar cuándo llegará la corrección. Adivinar ese momento, si llega, no está al alcance de nadie, y en cualquier caso la pregunta que de verdad importa, tanto a quien tiene que poner precio a una empresa como al dueño que se plantea venderla, es otra: qué queda de pie cuando la euforia baja.

Y ahí la respuesta que uno trae de la inversión en valor lleva décadas sin cambiar. El mercado paga hoy por una promesa, la potencia del modelo y la ambición de quien lo construye. El valor, en cambio, acabará donde acaba siempre, en quien convierte esa potencia en caja, es decir, en quien logra meter la herramienta dentro de un negocio que ya funcionaba. Por eso lo que aguanta una corrección es la ventaja competitiva que una máquina no puede replicar tan fácilmente, como un método afinado durante años, una información propietaria difícil de reunir, o una relación con el cliente que no se compra en el mercado. Es lo que en las operaciones llamamos el equity story, y es lo que un comprador, hoy más que nunca, mira con interés.

Para el dueño de una empresa mediana, y en particular de una empresa familiar, esto tiene dos consecuencias muy prácticas. La primera es cuidarse de que la euforia infle la idea que uno tiene del valor de su compañía. Un comprador serio se pregunta hoy, incluso antes que por los márgenes, si la inteligencia artificial puede hacer más barato lo que la empresa hace, y descuenta el precio en consecuencia. La segunda es cuidarse de la dependencia. Pensemos en una empresa de servicios que ha volcado toda su atención al cliente en una herramienta de un tercero. Si su precio, su calidad o su disponibilidad cambian de un trimestre a otro, habrá construido una fragilidad que no figura en el balance, pero que un comprador sabe ver.

Confieso que, después de años a los dos lados de la mesa, lo que más me tranquiliza del informe es su prudencia. Describe unos puntos de presión y pide vigilarlos, sin dramatizar. Esa me parece también la actitud responsable para una empresa. Ni perseguir la euforia ni huir de ella. Seguir haciendo lo de siempre, que es construir el valor capaz de aguantar un ciclo, el mismo que sostiene el empleo de muchas familias y la continuidad de lo que varias generaciones levantaron, y el que ninguna corrección se lleva por delante.

Vuelvo a Terra para terminar. Internet era de verdad, y transformó la economía tanto como se había prometido. Pero el dinero que se ganó de forma duradera fue a parar a los negocios reales que había debajo, más que a la etiqueta que los envolvía. Con la inteligencia artificial ocurrirá algo parecido. Y la pregunta que el ciclo le plantea hoy a cualquier propietario no es si la IA importará, porque importará; es si, cuando la euforia se enfríe, lo suyo seguirá valiendo lo que hoy le dicen. Vale la pena tener preparada la respuesta mucho antes de ese día.

Descargar archivo
Descargar archivo 2
Visite nuestra página de Executive Interim Management.
Autor
Autores
Compartir artículo

Apúntate a nuestro blog de Noticias y Conocimiento

Te has suscrito correctamente.
Algo ha fallado. Por favor, inténtelo de nuevo pasados unos minutos.
Al hacer clic en "Aceptar todas las cookies", acepta el almacenamiento de cookies en su dispositivo para mejorar la navegación del sitio, analizar el uso del sitio y ayudar en nuestros esfuerzos de marketing. Consulte nuestra Política de privacidad para obtener más información.