Vender fuera cuando el mundo se cierra

DV.- Artículo de opinión de Ane Alkorta socia abogada de NORGESTION.

3/5/2026

Una empresa de Azpeitia que vende componentes a Alemania, una ingeniería de Donostia que busca clientes en Marruecos o una pyme de Irún que importa materiales de Asia ya no compiten solo por precio, calidad o plazo. Compiten también por su capacidad de entender reglas cada vez más cambiantes y por su capacidad de reacción.

Cámara de Gipuzkoa prevé que la economía del territorio crezca un 2% en 2026, en un contexto internacional complejo, y señala que el 35% de las empresas encuestadas espera aumentar sus ventas al exterior, mientras otro 45% prevé mantenerlas. También advierte de que los márgenes, los costes y las cargas regulatorias están entre las preocupaciones empresariales.

Nuestro tejido empresarial, especialmente el industrial, ha construido buena parte de su competitividad sobre la capacidad de fabricar bien, especializarse y vender en mercados exigentes. La internacionalización no es aquí una moda, sino una necesidad. La mayoría de nuestras empresas no son grandes multinacionales, sin embargo, participan todos los días en cadenas de valor internacionales.

Precisamente por eso conviene actualizar la forma en la que entendemos la salida al exterior. Exportar ya no significa únicamente colocar un producto en otro país. Significa saber qué ocurre si cambian las condiciones de entrada en ese mercado, si aparecen nuevas obligaciones regulatorias, si el cliente se retrasa en el pago, si el transporte se encarece, si el proveedor no puede cumplir o si una nueva norma europea exige acreditar el origen, la huella ambiental o la trazabilidad de determinados materiales.

En tiempos de estabilidad, el contrato y conocimiento del marco regulatorio puede parecer un trámite. En tiempos de incertidumbre, se convierten en herramientas de gestión empresarial.

En la actualidad la regulación se ha convertido en un factor competitivo. Europa está endureciendo y sofisticando las reglas relacionadas con sostenibilidad, emisiones, materias primas, controles de exportación y seguridad económica. Al mismo tiempo, los mercados internacionales son más inestables y las decisiones políticas tienen efectos inmediatos en las empresas. Lo que ocurre en Washington, Bruselas, Pekín o Rabat puede terminar afectando a una empresa de Eibar, Hernani, Irun o Azpeitia.

Durante mucho tiempo hemos dicho que las empresas deben internacionalizarse para crecer. Tal vez ahora debamos añadir una segunda idea: deben internacionalizarse bien para seguir siendo competitivas. Porque en el mundo actual vender fuera no consiste solo en encontrar un comprador. Consiste en entender las reglas del terreno en el que se juega. El mundo se ha vuelto más pequeño para vender, pero más imprevisible para cobrar, transportar y cumplir.

El conflicto en Oriente Medio, la tensión en el Estrecho de Ormuz, los aranceles de Estados Unidos y la subida de costes no son noticias lejanas: afectan directamente a pedidos, márgenes, contratos, transporte, energía y decisiones de inversión. Las empresas no deben renunciar a la internacionalización, pero sí deben entender que salir al exterior exige hoy una estrategia más sofisticada: diversificación de mercados, contratos mejor redactados, protección del cobro, revisión de costes, protección de la información, utilización de datos, cláusulas de fuerza mayor, análisis de sanciones y acompañamiento institucional.

No se trata de llenar la empresa de papeles ni de asustar a quien quiere vender fuera. Se trata de entender que una operación internacional rentable sobre el papel puede dejar de serlo si no se han repartido bien los riesgos. ¿Quién asume el incremento de costes? ¿Puede revisarse el precio? ¿Qué pasa si el suministro se retrasa por causas geopolíticas? ¿Cómo se asegura el cobro? ¿Qué ley se aplica? ¿Dónde se resuelve un conflicto? Estas preguntas no son teóricas: son margen, caja y continuidad.

Dicho todo esto hay que ser consciente que el problema de muchas pymes no es que no sepan que deberían protegerse mejor contractualmente; es que muchas veces no pueden hacerlo en la mesa de negociación. Por eso, la verdadera pregunta no es solo qué cláusulas conviene firmar, sino cómo debe reaccionar una empresa cuando esas cláusulas no existen, los costes se disparan y la situación cambia diametralmente.

Nuestras empresas saben competir fuera. El reto ahora es aprender a gestionar un exterior más inestable. Y eso exige algo más que buenos productos: exige relaciones comerciales y contractuales más conscientes, datos para renegociar, diversificación de mercados y una reacción rápida cuando el mundo cambia más deprisa que los acuerdos firmados.

Porque cuando el mundo cambia más rápido que los acuerdos firmados, la visión jurídica ayuda a convertir la incertidumbre en estrategia, la reacción en negociación y el riesgo en una decisión empresarial consciente.

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