El Correo.- Artículo de opinión por Igor Gorostiaga, Socio de NORGESTION
Con esta afirmación no pretendo enfrentar los dos términos ni abrir un debate sobre cuál es más necesario. La imaginación y el conocimiento son dos cualidades fundamentales y ambas hay que cultivarlas.
El mundo empresarial vive un proceso continuo de profundización técnica, tecnológica y científica. La idea de fondo es que cuanto más conozcamos la realidad de los productos, los usos, las causas físicas y químicas de la transformación -o sus versiones nano, micro...-, mejor evolucionaremos, seremos más eficientes, crearemos más y, en definitiva, creceremos como empresa. Comparto esta forma de pensar. Pero se nos está escapando algo importante: lo intangible, lo inexplicable, el sentimiento, la reacción irracional. Lo humano. Y la actividad empresarial va mucho de esto.
En mi experiencia, he visto muchas veces que las empresas que triunfan -en la adquisición e integración de otras compañías, ámbito que conozco bien, en la consecución de un cliente o proyecto, o en el lanzamiento de un producto o servicio- comparten algo: en el momento clave, en el punto de inflexión en que la operación se cierra, el ingrediente decisivo no es técnico ni tecnológico. Es humano.
Y normalmente tiene que ver con la proyección de un futuro. Ese futuro en el que el cliente ha entendido la ventaja de nuestro producto o servicio y ha estimado que le será beneficioso. O ese futuro en el que nosotros mismos, en el momento clave, hemos intuido que la otra parte se sentirá cómoda con la idea o el relato que le proponemos. Así se cierran los acuerdos.
Por supuesto, todo esto se apoya en el conocimiento, o mejor dicho, en algo más complejo: el 'curso de conocimiento', la acumulación de lo que cada uno ha trabajado, adquirido y vivido a través de la experiencia. Pero hace falta un ingrediente que nos permita pensar, intuir, colegir, estimar. Ese ingrediente es la imaginación. Todos sabemos lo que es, aunque cueste definirla.
Es la imaginación la que nos transporta a escenarios futuros que aún no han ocurrido, la que nos ayuda a anticipar cómo reaccionará la contraparte con la que negociamos, o a prever lo que están haciendo el mercado o la competencia. Para mí, es el ingrediente secreto: el que se aplica sobre el conocimiento acumulado.
La imaginación se puede cultivar y aprender, pero sobre todo hay que ser consciente de usarla. Quiero defender el valor de lo que antes llamábamos humanidades -filosofía, arte, literatura- como base para trabajar la imaginación. Hace poco supe, con satisfacción, que la Universidad de Córdoba ofrece un doble grado de matemáticas y filosofía, siguiendo el modelo de universidades como la Sorbona, Oxford o Yale. En un mundo donde la inteligencia artificial ha entrado como un elefante en una cacharrería, esta combinación me parece cada vez más necesaria.
Trabajemos nuestro conocimiento. Pero crearemos algo distinto cuando trabajemos también nuestra imaginación.