El Diario Vasco: "La brújula de Draghi", por Bruno Ruiz Arrúe, socio director de NORGESTION

D.V. Opinión.

1/2/2026

En septiembre de 2024 vio la luz “El Futuro de la Competitividad Europea”, documento más conocido como “el Informe Draghi”. De la mano del que fuera presidente del Banco Central Europeo, al frente de un amplio grupo de expertos, se procedió a realizar un diagnóstico socioeconómico de Europa y a formular una serie de recomendaciones que contribuyeran a paliar las debilidades identificadas.

El análisis ponía sobre la mesa la ralentización del crecimiento de la economía europea en las últimas décadas, la dependencia de terceros en energía y tecnología, una población cada vez más envejecida que drena el crecimiento y un entorno geopolítico inestable en el que Europa no está respondiendo a los cambios acelerados que se producen a escala mundial. En definitiva, un diagnóstico con una calificación de “Europa necesita mejorar” y, si se quiere, con algunas asignaturas suspendidas. El documento identificaba algunas “brechas” en nuestro modelo económico: i) un déficit de inversión respecto a otras economías como China y EE.UU. quienes están acometiendo ambiciosos planes de inversión en tecnología, defensa, infraestructuras y desarrollo industrial; ii) otra brecha en el ámbito de la innovación tecnológica en el que las empresas europeas van a la zaga de los grandes monstruos tecnológicos americanos y asiáticos que lideran esta carrera; y iii) una tercera brecha vinculada a la dependencia estratégica y a la falta de autonomía, que impacta en la estructura empresarial por las debilidades existentes en las cadenas de suministro industriales, la dependencia energética de terceros y un sistema de defensa que no responde al nuevo escenario geopolítico.

El Informe no solo se quedaba en el diagnóstico y se atrevía a identificar líneas de actuación para que la economía europea pudiera recuperar esa pérdida de competitividad. Buena parte de las recomendaciones del Informe se podían englobar en estos ámbitos de actuación: i) Europa tiene que acometer ambiciosos proyectos de inversión en energía, infraestructuras y tecnología que en el documento se cuantificaban en inversiones de más de 800 mil millones de euros; ii) Europa tiene que facilitar que fluya la financiación de esos proyectos y ello requiere captar financiación privada de manera más transversal, eliminando trabas entre los distintos países y estimulando la coinversión público-privada; iii) Europa tiene que estimular la creación de gigantes empresariales que compitan de “tú a tú” en industrias de crecimiento como la IA, la electrónica, la robótica o el software; iv) Europa tiene que potenciar su industria de defensa para dar respuesta a las amenazas geopolíticas y tiene que garantizar una seguridad también económica que permita a sus empresas diversificar fuentes de suministro y ganar competitividad; v) Europa debe alentar una mayor cooperación entre países para dar una respuesta común a problemas globales y buscar una senda de desregulación para que el mercado europeo sea más ágil y flexible en el tráfico de capital, bienes y servicios.

Ha pasado aproximadamente año y medio desde que el informe se hiciera público, y la implementación de gran parte de sus recomendaciones aún no ha comenzado. De las cerca de cuatrocientas propuestas que el Informe planteaba en distintos sectores —energía, electrónica, digitalización, defensa y transporte— solo se ha llevado a cabo un número muy reducido. La European Policy Innovation Council considera que un setenta por ciento de las recomendaciones todavía estaban en el cajón, a la espera de que las instituciones iniciaran su debate, aprobación y posterior ejecución.

Ha sido el propio Draghi quien recientemente ha dado la voz de alarma, recordando el riesgo en el que incurre Europa si no acelera el ritmo de transformación. Sin embargo,

como a una nueva Casandra del siglo XXI, sus advertencias no son escuchadas por quienes deberían llevarlas a la práctica. Tal vez faltan en Bruselas, y en buena parte de sus estados miembros, verdaderos líderes políticos que quieran enarbolar esta cruzada para la transformación de Europa y que sepan hablarnos a los europeos con claridad, señalando nuestros problemas y mostrando el camino hacia el progreso que necesitamos.

Un filósofo cordobés nos recordaba que “no hay viento favorable para el que no sabe a qué puerto dirigirse”. Draghi nos ha dejado la carta de navegación, pero Europa necesita que capitán (Bruselas) y remeros (estados miembros) empopen el barco y remen en la dirección adecuada. Y más ahora que nuestro aliado americano está exigiendo nuevas reglas de juego nunca imaginadas e imponiendo sus intereses por encima de valores otrora irrenunciables para las democracias liberales. Europa se juega su futuro, tal y como nos recuerda el italiano: “es importante que todos comprendamos que la magnitud del desafío al que nos enfrentamos supera con creces el tamaño de nuestras economías nacionales. Y nos enfrentamos a un mundo donde corremos el riesgo de perder no solo la paz, sino también nuestra libertad y prosperidad”.

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